miércoles, 27 de octubre de 2010

Sin título.

Probablemente me eligió porque le recordaba a su hijo –pensé en un principio; hijo muerto, quizás. Por eso me miraba a los labios y no a los ojos. Entonces yo le miraba el escote y las arrugas y lunares del cuello. No logré saber si sus ojos eran grises, o acaso marrón-prosaico, como todos los demás.

Nunca cultivamos nada más allá de sus medias noches insatisfechas y los dos o tres billetes manoseados que me dejaba sobre el canapé con una nota: “para tus gastos”.

A veces, acudía contoneando sus carnes, ebria, y me obligaba a golpearla como lo hacía su padre, supuse. A veces sólo me cantaba un tango al oído, y se retiraba a su habitación a romper enérgicamente la colección de payasos de porcelana.

Hasta que una noche la encontré en el suelo de la cocina, sujetando un viejo periódico color bilis, y me abrazó con tanta fuerza, que no fui capaz de decirle que Carlos Gardel llevaba muerto más de veinte años.

4 comentarios:

  1. dónde tenías guardado este texto? es geniaaal! creo que es de lo mejor que has escrito (que yo haya leído) hasta la fecha.

    la próxima vez que pases tanto tiempo sin actualizar te ataré un ordenador portátil a las muñecas hasta que subas algo. avisado estás :)

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  2. graciaaas! tu opinión me importa mucho.

    y te prometo que actualizaré esto por lo menos cada semana. : )

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  3. tu single para empezar una nueva temporada ;)

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